De chica me encantaba escribir. Casi nunca sobre cosas fantásticas, sino más bien sobre lo que conocía. Me basaba en mis experiencias, en mi familia, en mis compañeros de la escuela, y otros etcéteras. Siempre mis historias se inspiraban en anécdotas reales, y mis personajes en gente real, con alguna que otra excepción. Y escribía bien, decían unos cuantos, pero no era eso lo que me motivaba. Yo disfrutaba hacerlo, y me gustaba leer mis historias una vez terminadas. Incontables veces dije querer ser escritora cuando fuese "grande". Después, con el correr de los años, ya siendo un poco más conciente de la realidad, dejé de considerarlo una opción viable como profesión. Sin embargo, ni se me cruzaba por la cabeza la idea de dejar de escribir, aunque fuera simplemente por gusto o diversión.
Hasta que en algún momento pasé de inventar personajes a escribir sobre mí, sobre mi vida y las cosas que me pasaban. Encontrar las palabras adecuadas ya no era tan sencillo, había que pensar mucho más antes de apoyar el lápiz en el papel. A fin de cuentas, no me podía tomar muchas libertades si quería describir algo verdadero. Escribir se hacía cada vez menos divertido, pero la peor parte era releer todo una vez terminado. Pensaba que si lo que estaba leyendo fuese ficción, el personaje principal me caería mal, la historia me parecería aburrida, y creería que la escritora no conocía del todo bien a sus personajes. Eran esos los momentos en que el papel terminaba hecho pedacitos o siendo un bollo más en la bolsa de basura.
Así y todo, de alguna manera terminé abriendo un blog, quién sabe por qué. Así terminó, lleno de frases robadas, letras de canciones, textos de gente que parece poder decir con mucha facilidad y naturalidad lo que a mí me cuesta horrores. Y después de más de un año y medio de haberlo abandonado, vuelvo a entrar y releo. Pero ahora esos pocos momentos de inspiración que tenía no me parecen tan desagradables. Y veo también los "borradores", esos textos que nunca me animé a publicar por inconformismo, o miedo. Esos pedacitos de papel, esos bollos en la bolsa de basura que siguen a oscuras, sin ver la luz, pero que nadie se llevó nunca. Hoy pego los pedacitos de papel, desarrugo las hojas, y no entiendo por qué terminaron así, rechazadas.
Y me animo a escribir de nuevo. Porque a veces los autores cambian, los personajes evolucionan y el lector no siempre lee con los mismos ojos. Y bajo esta premisa, siendo autora, personaje y lectora a la vez, ¿cuáles son las chances de que la historia sea la misma?